A unas pocas calles de la plaza de la Revolución, en un antiguo poblado chabolista de La Habana pasa consulta la doctora Omitsa Valdés. Es un local polvoriento y destartalado, donde avisa a los pacientes que deben traer la jeringuilla y el medicamento de su casa. Pero si toca realizar un reconocimiento general, que incluya exámenes de orina y sangre, la doctora Valdés es aún más directa: “Si tienes cómo resolver por ahí, te hago la orden. Si no, estás embarcado, mi vida, porque en el policlínico que te toca no hay reactivos”, dice a una paciente mientras recicla viejos papeles usados para redactar las recetas.





