Durante semanas, en Colombia se habló más de lo que podía salir mal que de lo que podía salir bien. El encuentro entre Donald Trump y Gustavo Petro este martes era una prueba de fuego. Dos líderes imprevisibles, con historial de excesos, podían convertirlo fácilmente en un choque de trenes en el que Colombia tenía las de perder. El temor no era solo al enfrentamiento directo. También flotaban otros miedos: que Petro se fuera por las ramas, que acaparara la conversación o que, como advertían algunos de quienes lo vieron el día antes de la reunión, terminara “centrándose en lo cósmico”. En algunos sectores, incluso, parecía haber una expectativa —casi un deseo— de que todo descarrilara en plena campaña electoral. No ocurrió. Contra muchos pronósticos, la reunión salió bien. “Fue fantástica”, dijo el republicano. “Me gustan los gringos francos”, elogió el colombiano.
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