Andrii Hlemba, de 48 años, hace sonar la bocina de la veterana locomotora de fabricación checa al paso de los pequeños pasos a nivel que motean el este de Ucrania. El transcurrir por distintos pueblitos junto a la vía aparece a veces salpicado por cementerios donde las flores multicolor y las banderas nacionales advierten en todos ellos de la presencia de tumbas de los caídos durante el conflicto. Por la ventanilla, son visibles también casas bombardeadas, vagones calcinados y hasta restos de drones Shahed lanzados por los rusos. El maquinista es parco en palabras, pero no esconde el orgullo que supone poder realizar este trabajo que considera esencial: “Ukrzaliznytsia es la aorta del país, sin esta compañía no podríamos sobrevivir”.
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