Por Gustavo Lainette • Activista político y social • Fundador de la ONG Resistencia Venezolana
Durante años nos han querido hacer creer que la libertad es un sueño lejano, que el país está perdido, que el régimen es indestructible y que no hay salida posible. Pero la historia de los pueblos oprimes demuestra siempre lo mismo: ninguna dictadura es eterna. Pueden durar, pueden someter, pueden manipular, pero tarde o temprano caen, porque nada sostiene lo que va contra la voluntad de la gente y la ley natural de la libertad.
Hoy Venezuela se encuentra ante un punto de inflexión histórico.
La presión internacional no es la misma de hace cinco o diez años.
Los ojos del mundo están puestos en nosotros, y ya no solo en forma de declaraciones diplomáticas: hay movimientos reales.
Estados Unidos ha incrementado significativamente su presencia estratégica en el Caribe y en el Atlántico. Analistas militares coinciden en que una porción importante de la fuerza naval estadounidense ha sido redirigida hacia el hemisferio, enfocando atención directa al corredor Venezuela–Caribe. Esto no es rutina, no es turismo naval, no es protocolo. Las potencias no mueven barcos por capricho: mueven barcos cuando el tablero está cambiando.
Si una potencia como EE.UU. moviliza flota, es porque están evaluando escenarios.
Porque saben lo que está pasando.
Porque el régimen ya no es solo un problema venezolano: es una amenaza hemisférica vinculada al narcotráfico, terrorismo, alianza con potencias adversas y desestabilización regional.
La dictadura lo sabe.
Por eso están inquietos.
Por eso aumentan la represión.
Porque están sintiendo el final acercarse.
Mientras tanto, el venezolano —dentro y fuera del país— ha despertado.
El miedo se transformó en cansancio.
Y el cansancio se transformó en conciencia.
Hoy la gente ya no pide sobrevivir: pide vivir, pide futuro, pide libertad.
La diáspora no se desconectó: se organizó.
Los jóvenes no claudicaron: se prepararon.
La comunidad internacional no se olvidó: se alineó.
Y la resistencia interna, aunque golpeada, sigue respirando y resistiendo.
No estamos frente a un escenario de resignación, sino frente a un preámbulo de renacimiento. La libertad no llegará de forma improvisada ni milagrosa; llegará por la suma de presiones, alianzas, sanciones, diplomacia estratégica y voluntad del pueblo.
Por eso hoy le hablo a mi nación con firmeza:
**Paciencia estratégica.
Fe activa.
Trabajo constante.**
No se trata de esperar sentados; se trata de empujar desde adentro y desde afuera. De mantener viva la voz, de organizarnos, de prepararnos para el momento decisivo.
Desde la Resistencia Venezolana seguimos trabajando dentro del marco internacional, con aliados, con el Departamento de Estado, con organizaciones de derechos humanos y con la comunidad venezolana en la diáspora. El mundo está mirando. El mundo está actuando. Y nosotros no vamos a parar.
Cuando llegue la hora —porque llegará— Venezuela volverá a nacer.
Volveremos a abrazarnos sin miedo.
Volveremos a caminar por nuestras calles sin hambre ni persecución.
Volveremos a ser un país digno, próspero y libre.
Ese día está más cerca de lo que muchos imaginan.
Y cuando la noche parezca más oscura, recuerda estas palabras:
Es porque está a punto de amanecer.
Venezuela, aguanta un poco más.
Estamos cerca.
Muy cerca.





