
En la estación de tren de Pekín, inaugurada por el mismísimo Mao Zedong en 1959, la sala de espera número cuatro está a rebosar. Al fondo de la estancia, entre sobrias columnas de mármol y decenas de viajeros, un rótulo luminoso indica que el mítico expreso nocturno K-27 con destino Pyongyang, la capital de Corea del Norte, está a punto de salir. El reinicio de la ruta hace dos semanas, tras seis años suspendida, muestra cierto giro aperturista de la hermética nación atómica. “Contribuirá a impulsar los intercambios entre ambos países, así como la cooperación económica y comercial y los intercambios culturales”, anunciaba la prensa estatal de China. El lunes reabrirá también una conexión aérea entre ambas capitales.







