Juan Luis Bravo ha llegado a pensar que la noche en Guantánamo es más oscura que otras, que las de La Habana, por ejemplo, o las de Matanzas. Las horas sin luz eléctrica son, casi siempre, de entre 20 o 22 horas, como si el Dios que se olvidó de Cuba primero los hubiera borrado del mapa a ellos, los guantanameros. En cosas como esa piensa mientras ablanda unos chícharos al carbón. Al rato se encenderán las bombillas de la casa y Bravo pasará a cocinarlos a la olla de presión, consciente de que la electricidad durará muy poco, que ni tiempo le dará de terminar la comida, mucho menos de sentarse a cenar tranquilamente. “Esta situación es desesperante”, dice por teléfono desde la isla. “Por eso, si te montas en un ómnibus, lo primero que escuchas es: ‘Ojalá y venga Trump, pase lo que pase”.

