En medio de un frondoso jardín en el sur de Líbano, Mehdi, Abbas y Rana (nombres ficticios) se agarran a la silla y al narguile —pipa de agua— como si les fuera la vida en ello. La estampa, que podría parecer una idílica sobremesa de verano y en la que todo sucede con calma y lentitud, encierra una paradoja. Estos residentes de Bourj Rahal, un municipio cercano a la ciudad de Tiro, ensayan esa cotidianidad mientras lo tienen todo preparado para cuando las bombas los expulsen de nuevo.
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Durante el brindis se refirió a los comentarios del presidente de EEUU contra sus aliados europeos, a los que acusó...




