Al caer la tarde, una plaza cualquiera en Pekín es un hervidero. Después de cenar, que en China sucede en torno a las seis, la gente sale a tomar el aire, dar una vuelta y moverse un poco: el dicho popular habla de dar 100 pasos tras la ingesta para vivir 99 años. En una esquina de la calle Gongti Norte, a un paso del Estadio de los Trabajadores, sede del equipo local de fútbol, el Beijing Guoan, se congregan cada noche animados grupos de baile, ceñudos jugadores de ajedrez chino y aficionados al chasqueo de látigo. Más que una plaza, es un universo microscópico de gente corriente, un lugar idóneo para ―sin ningún rigor científico en un país que supera los 1.400 millones de personas― tomar el pulso a la cuestión política más candente: la visita esta semana a China del presidente de Estados Unidos, Donald Trump —se prevé que sea entre los días 14 y 15—. La temperatura es deliciosa, decenas de personas se juntan bajo los plátanos y la música de baile empieza a sonar.
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